lunes, 26 de noviembre de 2007

Lección Cofrade

A mi Amigo Antonio Colubi.

Yo he vivido, al igual que tú Antonio, muchas vísperas de Semana Santa mirando al cielo. Siendo de cofradía de Domingo de Ramos, y ante malas expectativas climatológicas uno siempre se ha encomendado a la Gracia y Esperanza de la Madre como otros a la Reina de la Encarnación. Pero esta Semana Santa era diferente, ya que no era yo quien iba a vestir el Domingo de Palmas el terciopelo verde de reminiscencias macarenas allá por la Puerta Osario.

En esta ocasión era mi hija, de siete años, la que haría por primera vez su Estación de Penitencia a la Catedral Sevillana. Pero no desde Sevilla, no, desde Triana, desde el Tardón. Y es que había sido abducida cofradieramente, ¡ahí va eso!, por mi hermana y sus primas hacia los naranjos níveos del Barrio León y hacia Áquel que de forma rotunda y firme rasga las vestiduras de la noche del Lunes Santo con dos palabras: “Ego Sum”. No hubo forma de convencerla para que desvistiera la túnica de esparto y las sandalias por la airosa capa romántica y los zapatos negros de hebilla de los nazarenos de San Roque.

De cualquier forma, es mi segunda Cofradía en el corazón, que no en la nómina, así que acepté sin más sus pretensiones de hacer la Estación de Penitencia con su tía y sus primas con la hermandad de mi barrio y no con la familiar.

Como te puedes imaginar se negó rotundamente a llevar una varita, y es que no hay nada más sevillano, Antonio, que la afirmación tajante, yo diría de tintes cesáreos, del niño hispalense que le dice a su padre: “Papá, yo salgo con cirio”, cuál paso del Rubicón del que siente llegado el momento oportuno de afirmar su destino romano, digo sevillano-cofrade, sin paso atrás posible.

Tengo que advertirte también que la pasada Semana Santa no fue precisamente de presagios climatológicos benignos, sino todo lo contrario, y más concretamente para aquel Lunes Santo se afirmaba agua y más agua. Por ello, y ante las ansias infantiles de ver Cofradías y la posibilidad más que probable que San Pedro hiciese de las suyas al día siguiente, el Domingo de Ramos estuvimos los dos ante el Señor Despojado de sus Vestiduras, y ante la Paz, Madre Hiniesta, Buena Muerte, el Señor de las Penas, Gracia y Esperanza, Estrella y Amargura. Siete horas viendo Cofradías. Antes de dormir la pregunta llegó taladrándome con la mirada como si yo tuviese en mis manos potestad ante nubes, vientos y aguaceros: “Papá, ¿mañana va a llover?”, “sí hija, dicen que va a llover, pero bueno, nunca se sabe….”.

Y no llovió, a pesar de los partes del “hombre del tiempo” o de las más modernas páginas de Internet, y allá que se fue vestida de inmaculada blancura a la Iglesia de San Gonzalo con el alma rebosada de ilusión y los bolsillos preñaos de estampas, medallas y caramelos.

Jamás olvidaré aquella Cruz de Guía. Cruz de Guía que nunca se repetirá para mí. Única ya en mi memoria entre mis más preciados tesoros. No habrá otra igual aunque inexorablemente se repita la Cofradía en el tiempo de Triana y Sevilla. Detrás de la plata de faroles y bocinas, ese día, entre las primeras filas de hermanos y delante de su tía, venía aquella niña de siete años con su Cirio rojo a cuestas.

Te puedes imaginar Antonio que no era aquella una visión majestuosa de foto de cartel de Semana Santa de Serrano, de esos que afloran en la Cuaresma por cualquier tasca de Sevilla bajo un sin fin de rótulos tertulianos. El cirio lo sostenía con las dos manos y muy inclinado hacia delante ya que no podía descansarlo en la cadera. ¡Cargaba con él como podía!, y claro, pensé sonriendo: “ésta no llega al Puente de Triana”.

San Jacinto, los globos, los caramelos, los niños (siempre los niños alrededor de Él), el río blanco entre las acacias al son de tambores de pequeños cigarreros. Entre saludos a los amigos y conocidos del barrio, cruzamos la frontera y llegamos hasta las mismas puertas de la Ciudad Eterna (que no es Roma, Antonio, que es Sevilla), y a la altura de la Magdalena me empecé a preocupar. “¿No querrá meterse en la Carrera Oficial, no?”. Me acerqué y me dio un rotundo “sí”.

Y allí que la dejé camino de las sierpes no sin antes colmarle la faltriquera con los caramelos que me quedaban. “Te recojo a la salida de la Catedral….”.

Pero el inexorable paso del tiempo que yo creí de mi lado jugueteó en mi contra. Cayó la tarde y ”mi” Cruz de Guía salió por la Puerta de los Palos con un aliado para ella que se reveló ante mí humilde pero terrible: ¡el pabilo del cirio estaba encendido!: la guerra estaba servida. De un lado una niña con hábito blanco armada con un simple cirio chorreante de cera; y de otro yo, con poderosas armas: mi posible capacidad de persuasión, el cansancio del Domingo de Ramos que haría mella, el paso de las horas, el frío….

Nula la capacidad de persuasión. Nulo el cansancio de mi hija que no el mío. Nulo el frío. Mis ejércitos caían derrotados uno tras otro. Baratillo, Reyes Católicos, subida al Puente de Triana, Altozano, Estrella, azulejo de la Virgen del Rocío de San Jacinto. Fueron pasando las calles, los lugares, las horas y las promesas de mi hija de abandonar aquél primer tramo cada vez más mermado por el lento y largo caminar.

Finalmente, ante mi insistencia para que abandonara la Cofradía a 200 metros de la Iglesia de San Gonzalo se libró la última batalla, y en ella fue cuando recibí, Antonio, la lección que me guardaba aquel Lunes Santo la mismísima Sevilla ataviada con túnica blanca de esparto. Con lágrimas que asomaban por los ojales del antifaz y con genio me dijo: “estoy cansada papá pero voy a llegar a la Iglesia como todos los demás”, al tiempo que señalaba hacia atrás. Miré hacia donde me indicaba, y despacio, despacio, volví a contemplar el reguero eterno de sus hermanos de capirote blanco entre luces de cera, reflejos de alpaca y sandalias cansadas en la oscuridad de la noche al tiempo que dos golpes secos de palermo ponían en marcha aquella Cruz de Guía. Mi hija levantó el cirio y comenzó a caminar tras el hermano que le antecedía. A lo lejos se distinguía, muy lejos, al Señor, repitiendo a Caifas: “Ego Sum”. Y comprendí.

Comprendí, Antonio, que había caído derrotado en la guerra más dulce que puede perder un sevillano. No sé quien llegó más cansando a casa, seguramente yo, pero los dos nos acostamos felices, ella soñando lunes santos de San Gonzalo, cera, Salud, tambores y caramelos, y yo en que mi hija es y será por siempre, hasta que el Señor del Soberano Poder lo quiera, cofrade.

2 comentarios:

Lacava dijo...

Buena lección de sevillanía, amigo.
Esta Ciudad Eterna, (que no es Roma), tiene cuerda para rato.

Un saludo, y beso fuerte para esa sevillana doctorada en sevillanía.

el aguaó dijo...

Querido Fernando, es la primera vez que entro en esta tu casa, y puedo asegurarte que has conseguido atraparme con tus palabras.

Vengo de hacerle una visita a nuestro amigo Antonio, que te recomendaba en su entrada. Como se que el dueño de ese Callejón no puede aconsejar nada malo, me he decidido entrar Al compás de Sevilla, en este tu blog, y me encuentro con esta suprema y sublime "Lección Cofrade".

Servidor, que de fondo tiene puesto marchas que endulzan la espera en este maravilloso tiempo que son las vísperas, iba devorando las líneas de esta inconmensurable entrada, y ha sido entonces cuando me he emocionado amigo. Cuando he llegado al final y he leído ese Ego Sum que te derrotaba.

Magnífica entrada querido Fernando. Lo único que puedo hacer es deshacerme en felicitaciones. Enhorabuena, por la entrada y el blog.

Un fuerte abrazo.